El periodismo de los medios de comunicación masiva cuenta con una herramienta muy útil: la generalización. Mediante la repetición al infinito son capaces de producir generalizaciones totalmente contrarias a la lógica. Por ejemplo, mostrándonos todos los días noticias sobre “cuánto filosofan” los griegos pueden construir la idea de que todos los griegos son filósofos. Esta idea, que se induce de los hechos en vez de deducirse, es además totalmente falaz. Esto lo puede saber cualquiera que haya sido mínimamente letrado en lógica, en retórica o en argumentación, que haya sido “avivado” como diría Jauretche. Visto así es totalmente obvia la falacia (mucha filosofía proviene de Grecia, por ende, todos los griegos son filósofos), pero pensemos, por ejemplo, en la mención constante que se hace de las “villas” y la delincuencia. ¿No llegamos acaso a creer que todos los habitantes de las “villas” son delincuentes? Y me podrán decir que las probabilidades de ser asaltado en las inmediaciones de una de estas “villas” comparado con un barrio “común” es infinitamente mucho más alta, y probablemente tengan razón, pero ¿no es ese otro argumento generalizador, forzado y falaz sobre el mismo asunto? No pretendo hablar de los hechos mismos sino de esta otra “realidad” que se construye a partir de aquellos hechos.
Vamos a un ejemplo más dificil, que es el que me ocupa hoy: el tema de la corrupción en la sociedad argentina. Mediante un mecanismo antiquísimo de generalización nos han hecho creer lo corruptos que somos. Quienes dicen que la corrupción es un flagelo que debe ser erradicado muchas veces están mientiendo: mienten cuando dicen que quieren hacerlo desaparecer. La idea instalada de la corrupción generalizada sirve muchas veces para no debatir. El ejemplo que quiero tomar es el de la resolución 125, hoy medio olvidada, que modificaba las retenciones al sector agropecuario. Una de las principales razones de los opositores a estas retenciones es una presunción de que el dinero “se lo van a robar”. No nos aumentan los impuestos para mejorar al pais sino “para robarse la plata”. Claro, esto puede luego suceder, pero con este argumento evitan a priori hablar sobre la naturaleza de las retenciones, el impacto en la inflación y la dinámica del comercio interior. Hablando de “cómo se van a robar” lo recaudado con las retenciones saltean toda una discusión sobre el tipo de pais que se busca y el objetivo conceptual de las retenciones. Entonces la idea generalizada de la corrupción multinivel argentina nos viene bárbaro.
Vamos a otro ejemplo: la asignación universal por hijo. Siguiendo el ejemplo anterior, es muy fácil decir que los “punteros” del conurbano se van a quedar con la plata, o que esto es simplemente compra de votos. Claro, la corrupción infinita del argentino. Es genial el argumento que, en definitiva, busca evitar la redistribución del ingreso. Entonces el debate debería ser la redistribución. Podemos tener mejores o peores implementación de distintas políticas sociales, con mejores o peores resultados, pero arrancar, a priori, con argumentaciones basadas en generalizaciones impuestas sobre nuestra naturaleza corrupta hace que parte de la discusión arranque equivocada. Terminaríamos sin hacer nada, “total todo se lo roban”. No tienen arreglo, podría decir Sarmiento.
Por supuesto que los ladrones y todo tipo de delincuentes existen, y probablemente sigan existiendo. Pero a los argentinos nos han hecho creen esto de la corrupción como, incluso, un rasgo de la argentinidad. Una especie de tango que cantamos a la luz del farol del modelo agroexportador y eurocentrista. No puedo evitar pensar en la barbarie de Sarmiento. Con estas suposiciones sobre nuestro ser nos evitan grandes debates, dichosos de nosotros, que somos todos corruptos, vagos y delincuentes.
Las generalizaciones e inducciones falaces ocultan discusiones que se pretenden finalizadas por unos pocos.